Adriana Lestido

Aquí Nos Vemos

Cuando vemos lo que vieron –lo que eligieron ver- estos fotografos argentinos y latinoamericanos es inevitable pensar en que somos muy diferentes. Es difícil, incluso, decir 'somos'. Y sin embargo todas estas fotos fueron tomadas en este milenio, en los últimos quince años y son capturas del presente. La curaduría no intenta ofrecer un panorama ni ser una antología: es un recorte. Caprichoso. Arbitrario. Afectuoso y sensible. Por eso estas imágenes, tan diversas, abrazan la diferencia y conviven: aquí hay electricidad y pasión, ojos y corazones, historia e identidad pero también obsesiones y recorridos. Lo que vemos, lo que somos, lo que queremos, lo que conocemos y lo que amamos. Que es, en cada caso, gloriosa y felizmente distinto.

La mirada y qué la dispara. La historia, muchas veces. Una historia que es propia y compartida. En el trabajo de Milagros de la Torre, por ejemplo, es la suya y la del Perú: todo su trabajo alude a los años de violencia política en Perú, a Sendero Luminoso, la represión y sus marca. Cuchillos sobre tela. A veces uno solo, a veces varios. Una silla con el asiento agujereado. Mejor no pensar para qué fueron usados estos objetos; lo sabemos, de todos modos. El blanco y negro de la argentina Paula Luttringer pone cierta distancia en sus imágenes abrumadoras de centros clandestinos de detención. Al verlas, casi resulta innecesario saber que ella misma estuvo secuestrada: el terror, la claustrofobia y la supervivencia laten en esa sombra sobre una cortina de hierro, en asientos de piedra mugrientos, paredes marcadas, hormigas kafkianas, escaleras hacia el horror –o hacia la salvación. Dani Yako, argentino, fotografía su propio lugar de detención, que ahora es un archivo: la palabra “memoria” resuena con un subrayado brutal y todavía hay algo vagamente carcelario en esos pasillos de papeles acumulados hasta reventar con la lejana ventana por donde entra la luz insuficiente. Fernando Gutiérrez, mientras tanto, prefiere la inquietante simetría de los Falcon: su trabajo es una serie de autos, nocturna, algunos están averiados, otros son nuevos, todos parecen salidos de una pesadilla. Helen Zout muestra una casa acribillada, una casa que parece muerta, blanca bajo la noche oscura; y a su lado, Jorge Julio López, desaparecido en democracia, con sus ojos cerrados y cerca los ojos bien abiertos de las Madres de Plaza de Mayo que Marcos Adandía retrató durante años: esas mujeres que el fotógrafo vio crecer, envejecer, a veces morir.

Y entre las ausencias aparecen los escenarios y otra vez la diversidad es abrumadora. Las ciudades de nuestro continente lo son. A veces están muy solas, como en las fotografías del argentino Esteban Pastorino, con sus paradas de colectivo vacías y sus barcos expectantes que parecen anclados en baldíos. A veces son muy hostiles como en las fotos de Alfredo Srur, todas tomadas en el sur de la Ciudad de Buenos Aires –en Barracas, en Constitución-- donde retrató a las personas que recorren las calles de manera fugaz incluso cuando viven ahí: el chico que transiciona su género, el adicto que se protege del frío y los rincones de la ciudad donde la ciudad se termina, con las sombras intensas de la cámara antigua que usó en sus recorridos. A veces, los fotógrafos miran lejos de las ciudades que son tan hermosas como crueles: Graciela Iturbide, legendaria fotógrafa mexicana, ve raíces y árboles y bichos que forman patrones intrincados; no hay tranquilidad tampoco ahí. Sí la hay, aunque es profundamente melancólica, en los paisajes uruguayos del argentino Marcos Zimmermann, esos panoramas de piedras húmedas y el cielo tan cerca.

Lo que amamos suele ser extraño y doloroso: así, la Sub Coop –colectivo de fotógrafos de Buenos Aires, con un residente en Madrid-- retratan a una fan de la cantante Gilda dejando una ofrenda en el agua, un regalo a Iemanjá: pero como la fan está de espaldas, podría ser Gilda, su fantasma construido a base de fe y amor. También retratan una serie de partos en Bolivia: las cholas con sus hermosos sombreros y los vientres tensos sobre la cama, frazadas, tibieza, la vida. Y la mexicana Maya Goded elige el otro extremo: las hijas muertas en sus fotos tomadas en Ciudad Juárez, con las madres cargadas de pena y las cruces rosas. Verónica Mastrosimone, argentina, elige a su familia en momentos festivos y ahí están, medio cortados, tapándose la cara, brindando, bailando, tan reconocibles, tan cercanos, la abuela sin dientes, los globos, el descanso de la borrachera. Cecilia Reynoso también muestra a la familia, en este caso de su pareja: juntos en Navidad, rodeando a un anciano que parece muy enfermo, en la terraza, posando, el novio de pelo largo, las fiestas, las tortas, las flores. O los techos, las terrazas y los fuegos artificiales en la Ciudad Oculta del joven Nahuel Alfonso. O ese espejo imposible que busca Mariela Sancari, argentina radicada en México, que fotografía a hombres que tendrían hoy la misma edad que su padre, que se suicidó cuando ella tenía quince años. Seguramente también alguien ama y odia a las mujeres tomando el sol del platense Ataúlfo Pérez Aznar, que bajan a la playa con caniches, se extienden en reposeras y posan desafiantes con cervezas y moto en Mar del Plata. Esto es la fotografía: retener lo irrepetible. Por eso las fotos familiares suelen ser tristes: los lazos no son siempre los del amor, pero son lazos y esos hilos casi son visibles cuando la gente que creció junta está tan cerca.

Hay melancolía y magia en estas imágenes. En las de Lena Szankay, que es argentina: ella deja que la melancolía reine en un estudio antiguo de fotografía en Santa Fe; misteriosas fotos con fondos pintados que cuelgan en interiores fantasmales. El misterio adquiere cuerpo en el trabajo de Guadalupe Miles, argentina y salteña, que en el chaco de su provincia retrató a un chamán y su hija: ella, tan hermosa, está casi de espaldas y en una de las fotos arde una hoguera en la que se distinguen ramas, un fuego que el chamán encendió para la fotógrafa. Y la magia se manifiesta en las fotos superpuestas por accidente de Rubén Romano: antes de hacerlas, el mismo chamán fotografiado por Miles le había dicho que, por su manifiesto interés en la comunidad, iba a ayudarlo a hacerlas. Y aquí están, extrañas y técnicamente imposibles pero reales. Ese chamán que sobrevuela la muestra dos veces ya está muerto pero, en estas imágenes, habla. También habla el tiempo: si la fotografía capta lo irrepetible es porque el tiempo no permite el regreso. Así Res muestra al joven Aín y lo que veía por su ventana en dos momentos de su (corta) vida y las primas Guille y Belinda y crecen en el campo frente a la cámara de Alessandra Sanguinetti, desde Ofelias coloridas en juegos infantiles hasta mujeres jóvenes, embarazadas, con cuchillos en la mano.

Estas fotos cuestionan, abren preguntas, interrogan. La chilena Páz Errázuriz, la mujer que durante la dictadura de Pinochet y luego, durante la opresiva transición, retrató a tantos que nunca habían sido mirados, aparece aquí con un trabajo muy particular y muy diferente: junto a la poeta Malú Urriola trabajaron con una familia rural de la sexta región cuyos miembros sufren acromaptosia, es decir, ven en blanco y negro. Esa familia pobre que no ve los colores es una metáfora pero de qué es algo que debe decidir el que mira, el que los ve en color, con sus camisetas de fútbol, sus casas de madera, sus árboles secos. Y ¿cuáles son las ceremonias del agua que retrata el brasileño Cristian Cravo en exquisito blanco y negro? ¿Qué hace esa gente en el agua, por qué estos bautismos, estas cataratas, estos juegos? Mientras tanto, Iatã Cannabrava se aleja de las costas y entra en el corazón urbano, a todo color, sobre todo verde pero no de naturaleza: verde en la remera de la chica que sonríe, en el auto que pasa frente a una casa enclenque, en algunos pastos que crecen detrás de dos adolescentes que miran hacia el cielo, ¿y qué ven? ¿Esos cables de luz enredados como una telaraña? Cassio Vasconcelos, también brasileño, vuelve a preferir el color para sus raras polaroids de suburbios y construcciones industriales que a veces ilumina con linternas. Sus ciudades son casi abstractas, triángulos de cielo celeste, rectángulos de arcos colorados. Y Miguel Rio Branco, artista multidisciplinar, presenta un políptico de imágenes diversas donde, como suele suceder en su trabajo, aparece la piel, en pies, en pechos que dan de mamar, en imágenes religiosas extáticas, ¿Y cuál de todos ellos está mostrando mejor a Brasil? Todos. Entre las diferencias, en las fronteras del mar sin colores y las soledades industriales, entre los pechos desnudos y los tatuajes de Cristo en espaldas fuertes está algo tan elusivo como la identidad, no sólo la del país de estos artistas: la identidad, eso que se es, eso que vemos en un presente donde los adolescentes se quieren en la noche del barrio y una familia que no ve los colores mira la cámara de una mujer que se pregunta por la naturaleza de la mirada.

Este texto no pretende ser una recorrida exhaustiva y sus omisiones son todas imperdonables pero hace falta decir que Julio Fuks construye él mismo las figuras que luego retrata en duelos criollos y que la estatua descabezada de Eva Perón que Santiago Porter fotografió en un día nublado es tan triste: en su mutilación ya no queda odio sino desdicha. El argentino-paraguayo Jorge Sáenz encuentra belleza –una belleza pictórica, romántica-- en la imagen de un desalojo de tierras tomadas. Y Bolivia vuelve a estar presente vista por el argentino Marcos López que retrata a una familia de sastres y el Mercado de Iquitos. O en el hermoso e impactante blanco y negro de Sebastián Szyd que hace milagros con la luz. Bolivia, el país que renació, el que se repite porque de alguna manera es ejemplo de otra sensación que recorre esta muestra: el orgullo. Y cierto miedo, cierta fragilidad. Todas las fotografías de esta muestra, tanto las tomadas en la creciente del Tigre por Alejandro Chaskielberg como las obtenidas con cámara obscura en habitaciones por el colombiano Jorge Panchoaga están atravesadas por una electricidad vital que no es la vitalidad convencional del color y el pintoresquismo, porque la vida puede ser desolada como los parques de diversiones de Eduardo Carrera, solitaria como los desiertos de Eduardo Gil, o irónica y emocionante como las fiestas patrióticas que Marcelo Abud retrata en Perico, Jujuy. Pero es siempre estremecedora, inexplicable, una pregunta que respondemos con fotos de nuestros hijos vivos y durmiendo arropados o con cruces para nuestras hijas asesinadas en el desierto. Una pregunta sobre un presente diverso, excitante y doloroso en nuestro continente, al que resulta cada vez más fácil llamar “nuestro” y al que parece cada vez más fácil abrazar, amar: ver. Vernos.

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